Santa Rebeca de Himlaya
 
ORACIÓN INICIAL
¡Ayúdame, Espíritu divino, a ser constante en mi vida espiritual, a que mi vida esté impregnada de la sabiduría divina para crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de sabiduría, de poner siempre en todo lo que haga mi corazón a Jesús! Amén.
UNA PINCELADA HISTÓRICA
Desde su juventud, Petra sintió un profundo amor por Cristo y la Eucaristía, por lo que quería ingresar como novicia en las Hermanas de María, pero la fuerte influencia de los que más tarde serían futuros santos libaneses, los maronitas, Charbel Makhlouf y Nimatullah Al-Hardini, la volvieron hacia el monasterio maronita de San José de Batroun, al cual ingresó en 1897, tomando el nombre de Sor Rafqa (en español, Rebeca). En el 1860, Rafqa fue trasladada a Deir al-Qamar, para enseñar el Catecismo a los jóvenes. Tuvieron lugar en aquel período los dramáticos acontecimientos que ensangrentaron el Líbano en aquel año. Rafqa vio con los mismos ojos el martirio de un gran número de personas. También tuvo el ánimo de esconder a un niño bajo su propia capa, salvándolo de la muerte.
En 1897, un grupo de monjas del convento de San Simeón de Aitou se trasladó al nuevo convento de San José de Ad-Daher. La Madre Úrsula, que iba a ser la superiora de la nueva fundación, pidió que la hermana Rafqa fuera incluida en el grupo, para que su ejemplo ante las hermanas disminuyera las dificultades que siempre existen en una nueva fundación. La Hermana Rafqa pasó los últimos diecisiete años de su vida en este convento, que iba a ser el escenario de sus más grandes sufrimientos, así como de sus alegrías más espirituales. Siempre estaba tranquila, sonriente, soportando incluso el dolor más grande, con paciencia, confiando en el Señor quien se comprometió a aumentar el deleite de sus siervos fieles en el cielo. Por su paciencia, se puede comparar con el mayor de los santos. Sor Rafqa se caracterizó también por el amor que sintió hacia los enfermos y los niños abandonados, y oraba por ellos. En 1899, la religiosa sufre de diversas enfermedades, queda paralítica y ciega, pero su fe no se quebrantó, y ofreció sus dolores físicos para propiciación de los pecados de toda la humanidad, sobre todo, de su nación. Murió en Batroun en 1914, a la edad de 82 años.
¿QUERÉS IMITAR LAS VIRTUDES DE LOS SANTOS?
El primer domingo de octubre de 1885, en la Iglesia del monasterio, mientras estuvo en oración, le suplicó a Dios hacerla participar en su Pasión redentora. Su ruego fue atendido esa misma tarde: ella empezó a sentir fuertes dolores de la cabeza y poco después el dolor se extendió a sus ojos. Todos los tratamientos resultaron inefectivos y se decidió mandarla a Beirut para intentar otros tratamientos. Durante el viaje se detuvo en Biblos, dónde fue confiada a un médico americano que, después haber analizar su caso, decidió operarla, pero durante la operación le extrajo por error el ojo derecho. La enfermedad pronto afectó al ojo izquierdo; ahora los médicos juzgaron que cualquier tratamiento sería inútil y Rafqa regresó a su monasterio, donde el dolor ocular la acompañó por 12 años. Soportó su dolor con paciencia, en silencio, en oración y con alegría, repitiendo continuamente: “En unión con la Pasión de Cristo”.
PARA MEDITAR…
 
NUNCA LA OYERON MURMURAR O QUEJARSE DE SUS SUFRIMIENTOS
Rafqa sufrió durante esos diecisiete años de ceguera. Sólo Dios sabe lo mucho que tuvo que soportar. Su dolor era continuo noche y día, sin embargo, las demás hermanas nunca la oyeron murmurar o quejarse. A menudo la oyeron dar gracias a Dios por sus sufrimientos, “… porque sé que la enfermedad que tengo es para el bien de mi alma y de Su gloria” y que “la enfermedad aceptada con paciencia y acción de gracias purifica el alma como el fuego purifica el oro”.
IMÁN DE SANTIDAD
La fe de Santa Rafqa nunca se quebrantó y ofreció sus dolores físicos para propiciación de los pecados de toda la humanidad, sobre todo, de su nación. Te invito a que le pidas al Señor la gracia de que no se quebrante tu fe, incluso en los momentos de prueba.
ORACIÓN FINAL
¡Oh! Jesucristo, nuestro Dios y Señor, que imprimiste tu imagen de salvación en la vida de Santa Rafqa, que hiciste de ella maestra y obrera, orando y compartiendo contigo el misterio de la redención. Nosotros humildes pecadores nos inclinamos ante ti, por su bendita intercesión. Bendice a los niños y jóvenes, llena de gracia a los enfermos, a los tristes y desamparados; y a todos los que recurrimos a ti. Nosotros te glorificamos Señor y te agradecemos por la intercesión de Santa Rafqa, Apóstol de la fe, la alegría y el amor. Amén.

Dios te bendiga por medio de Nuestra Madre,

Padre Marcelo

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