¿Quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es una de las tres personas de la Santísima Trinidad. Es Dios con el Padre y el Hijo y con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. Consustancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad la fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía al Hijo, envía también su Aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos, pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela.

ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS:

Ven Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro humildemente. Ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame. Y en cuanto corresponde al plan eterno, Padre, revélame tus deseos. Dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí. Dame a conocer lo que debo realizar. Dame a conocer lo que debo sufrir. Dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración debo aceptar, cargar y soportar. Espíritu Santo, dame a conocer tu voluntad y la voluntad del Padre. Amén.

CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO:

¡Oh Espíritu Santo!, la consagración absoluta de todo mi ser, que realizo en este día para que seas de ahora en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi Director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza, y todo el amor de mi Corazón. Me abandono sin reservas a tus divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones. ¡Oh Santo Espíritu! Dígnate a formarme con María y en María, según el modelo de nuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener. A continuación leer la reflexión y la oración final del día que corresponda.

REFLEXIÓN:

El Espíritu es el viento que nos impulsa adelante, que nos mantiene en camino, nos hace sentir peregrinos y forasteros, y no nos permite recostarnos y convertirnos en un pueblo “sedentario”. La Carta a los Hebreos compara la esperanza con un ancla; y a esta imagen podemos agregar aquella de la vela. Si el ancla es lo que da seguridad a la barca y la tiene “anclada” entre el oleaje del mar, la vela en cambio es la que la hace caminar y avanzar sobre las aguas. La esperanza es de verdad como una vela; esa recoge el viento del Espíritu Santo y la transforma en fuerza motriz que empuja la nave, según sea el caso, al mar o a la orilla. San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de hacernos incluso “sobreabundar en la esperanza”. Abundar en la esperanza significa no desanimarse jamás; significa esperar «contra toda esperanza», es decir, esperar incluso cuando disminuye todo motivo humano para esperar, cómo fue para Abraham cuando Dios le pidió sacrificar a su único hijo, Isaac, y cómo fue, aún más, para la Virgen María bajo la cruz de Jesús. El Espíritu Santo hace posible esta esperanza invencible dándonos el testimonio interior que somos hijos de Dios y sus herederos.

¿Cómo podría Aquel que nos ha dado a su propio Hijo único no darnos toda cosa con Él? «La esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado». Por esto no defrauda, porque está el Espíritu Santo dentro que nos impulsa a ir adelante, siempre adelante. Y por esto la esperanza no defrauda. Hay más: el Espíritu Santo no nos hace sólo capaces de esperar, sino también de ser sembradores de esperanza, de ser también nosotros – como Él y gracias a Él – los “paráclitos”, es decir, consoladores y defensores de los hermanos. Sembradores de esperanza. Un cristiano puede sembrar amargura, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano, y tú, si haces esto, no eres un buen cristiano. Siembra esperanza: siembra el bálsamo de esperanza, siembra el perfume de esperanza y no vinagre de amargura y de des-esperanza.

ORACIÓN FINAL:

Omnipotente y eterno Dios, que has condescendido para regenerarnos con el agua y el Espíritu Santo, y nos has dado el perdón de todos los pecados, permite enviar del cielo sobre nosotros los siete dones de tu Espíritu, el Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el Espíritu de Conocimiento y de Piedad, y llénanos con el Espíritu del Santo Temor. Amén.

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