Día #36

5 DE FEBRERO

FE INCORRUPTIBLE: SANTA ÁGUEDA

Santa Águeda poseía todo lo que una joven suele desear: una familia distinguida y gozaba de una belleza extraordinaria. Pero atesoraba mucho más que todo su fe en Jesucristo. Así lo demostró cuando el Senador Quintianus se aprovechó de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos para intentar poseerla. Las propuestas del senador fueron rechazadas por la joven virgen que ya se había comprometido con otro esposo: Jesucristo.

ORACIÓN INICIAL

Señor, porque confío en tu infinita misericordia me presento indignamente ante ti, confío en que estás presente en este lugar, conmigo y en mí. Te adoro con todo mi corazón y no deseo otra cosa que cumplir Tu voluntad. Envía tu Espíritu para que en esta oración puedan mis ojos leer Tu Palabra para encontrar Verdad y Vida, mis oídos escuchar tu voz para no perderme nunca, y en mi corazón guardar tus enseñanzas para poder obrar conforme a tus planes.

ANÉCDOTA DE LA SANTA

Quintiano, un varón consular, tentado por la lujuria y la avaricia, la deseó y pensó que podría vencer la resistencia de la joven. Al no conseguirlo aprovechó la persecución desatada contra los cristianos para mandar su arresto y hacerla comparecer ante sí en Catania. Viéndose ella en las manos de los perseguidores se encomendó a Cristo, único dueño de su corazón, y le pidió la gracia de poder vencer en la gran batalla que se le avecinaba. Por primera providencia se la envió a una casa de prostitución, llevada por una mujer de corazón duro, que intentó seducir y pervertir a la joven. Como ella se mantuvo firme en su fe y en su virtud compareció nuevamente ante el juez y tuvo lugar este diálogo:

Juez: ¿De qué condición eres?

Águeda: Soy de condición libre y de familia noble, como lo prueba la condición de todos mis parientes.

Juez: Si eres libre y noble ¿por qué llevas la baja vida de una esclava?

Águeda: Yo soy esclava de Cristo, y por esto de condición servil.

Juez: Si tú fueses de verdad libre y noble, no te abajarías a tomar el nombre de esclava.

Águeda: La nobleza suprema consiste en ser esclavos de Cristo.

A los pocos días hubo un nuevo interrogatorio en el que la virgen confesora de la fe volvió a dar un alto testimonio de Cristo, de fe y amor a él. Entonces el juez decidió que fuese atormentada: extendida sobre un caballete fue azotada, y cuando ya los azotes habían desgarrado su frágil cuerpo se aplicó fuego a las heridas. La virgen aguantó con heroica firmeza el tormento y esta fortaleza no hizo sino irritar aún más al tirano, que mandó entonces le fuesen cortados los pechos. Seguidamente, su ensangrentado cuerpo, todo él lleno de heridas y quemaduras y mutilado en su feminidad, fue arrojado a un calabozo, donde la joven entró en oración y puso de nuevo su confianza en el Señor. Tuvo lugar entonces la aparición de San Pedro y la curación de la malherida. El milagro no impresiona al juez, que la interroga de nuevo y le hace nuevas propuestas de abandonar el cristianismo. Sus propuestas son denegadas por la santa mártir. Entonces manda que se llene de cascotes de cristal y carbones encendidos el suelo del calabozo y que sobre ellos se tienda a la santa. La desnudan y la tienden, pero entonces un terremoto hace que caiga sobre los verdugos el techo y que la propia ciudad de Catania se conmueva por el temblor de la tierra. Águeda da gracias a Dios por haberle sido fiel y haberle guardado la castidad de su cuerpo y expira en las manos de Dios.

PREGUNTAS GUÍAS…

No todos somos llamados a vivir como santa Águeda el martirio, pero llevado a mi realidad… ¿Defiendo mi fe de la misma manera?

¿Busco la pureza de cuerpo y alma o me dejo llevar por lo que me ofrece el mundo? “Felices los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”

ORACIÓN FINAL DE SAN HILARIO

Te ruego, Señor, que, por intercesión de santa Águeda, me alcances la gracia de conservar un corazón puro, para poder llevar una vida semejante a la de tu Hijo, y al igual que ella poder recibir la fortaleza que mostró en su martirio al defender su fe. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Padre Marcelo

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