Día #51

20  DE FEBRERO

CONSOLANDO A JESÚS

SANTOS JACINTA Y FRANCISCO MARTO

Francisco nació en 1908 y Jacinta dos años después. Desde pequeños aprendieron a cuidarse de las malas compañías y por eso preferían estar con su prima Lucía, quien solía hablarles de Jesús. Los tres cuidaban las ovejas, jugaban y rezaban juntos. Del 13 de mayo al 13 de octubre de 1917 la Virgen se les apareció en varias ocasiones en Fátima (Portugal). Durante estos sucesos, soportaron con valentía las calumnias, injurias, malas interpretaciones, persecuciones y la prisión. Ellos decían: “si nos matan, no importa; vamos al cielo”. Luego de las apariciones, Jacinta y Francisco siguieron su vida normal. El pequeño Francisco era el más contemplativo y quería consolar a Dios, tan ofendido por los pecados de la humanidad. En una ocasión Lucía le preguntó: “Francisco, ¿qué prefieres más, consolar al Señor o convertir a los pecadores?” Él respondió: “Yo prefiero consolar al Señor”. Jacinta participaba diariamente de la Santa Misa y tenía gran deseo de recibir la Comunión en reparación por los pobres pecadores. Le atraía mucho estar con Jesús Sacramentado. “Cuánto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús”, repetía.

ORACIÓN INICIAL

Señor, porque confío en tu infinita misericordia me presento indignamente ante ti, confío en que estás presente en este lugar, conmigo y en mí. Te adoro con todo mi corazón y no deseo otra cosa que cumplir Tu voluntad. Envía tu Espíritu para que en esta oración puedan mis ojos leer Tu Palabra para encontrar Verdad y Vida, mis oídos escuchar tu voz para no perderme nunca, y en mi corazón guardar tus enseñanzas para poder obrar conforme a tus planes.

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO

Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero… estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto. Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida a menudo propuesta e impuesta sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre. Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. (…)

Fátima es, sobre todo, este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús». (…) Aferrándonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jesús. Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad, nuestra humanidad, que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre. Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro. Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.

PREGUNTAS GUÍAS

¿Cómo es mi relación con la Virgen?

¿Me avergüenzo de rezar el Rosario? ¿Con qué frecuencia lo rezo? 

ORACIÓN FINAL

Padre, te doy gracias por haber elegido a nuestra Madre para llevar al mundo Tu mensaje de paz, conversión y oración reparadora por los pecados de todos los hombres; y por haber dado a Francisco y Jacinta una gran fe, docilidad y fuerza para transmitirlo con su ejemplo, a pesar de las amenazas y dificultades. Concédeme la gracia de llevar Tu amor con mi vida y oración, y por la intercesión de Tu Santísima Madre y de los santos pastorcitos de Fátima, concédeme la gracia que ahora te pido (menciona la gracia). Amén.

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Padre Marcelo

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