Hoy es mi quinto aniversario de la ordenación sacerdotal

Un día como hoy, pero cinco años atrás, fui ordenado sacerdote. Recuerdo que fue tanta la alegría que experimenté en mi corazón que me sentí la persona más feliz del mundo.

En la tarde de ese mismo día, cuando llegué a la Parroquia, después de la ordenación, lo primero que hice fue arrodillarme frente a la imagen de la Virgen en el Jardín y consagrarle mi sacerdocio a ella. Le dije a la Virgen: “vos sabes que yo soy limitado y tengo muchas debilidades, ayúdame porque solo no puedo”. Desde ese día hice mías las palabras del Evangelio en qué Jesús, estando en la Cruz, le dijo a Juan: “Ahí tienes a tu Madre”. Al finalizar esas palabras de Jesús el evangelista dice que el discípulo se la llevó a su casa. Yo hice lo mismo, me traje a la Virgen a mi casa y no la dejé irse nunca más, porque sin su ayuda y su amor maternal no podría hacer lo que hago.

Hoy me toca celebrar este quinto aniversario de sacerdote entre sentimientos de alegría y de dolor. La alegría de sentir tanto cariño por parte de cada uno de ustedes y ser un privilegiado por ser llamado a una vocación que me queda grande, porque soy plenamente consciente que no soy digno de ser sacerdote; y el dolor porque estoy atravesando por el momento más duro de mi vida.

La llegada de esta pandemia me tocó de primera mano, ya que los primeros días que llegó al Uruguay mis papás se agarraron el virus. Mi mamá salió adelante, ya que no tenía ningún problema clínico anterior; pero no fue el caso de mi papá, él estuvo más de 25 días en CTI y luego falleció.

Hoy me toca dar gracias a Dios por un año más de sacerdocio con el corazón muy dolido, ya que mi viejo fue alguien muy importante en mi vida. Un tipo bueno, sincero, humilde, con un gran corazón. Tremendo calentón, pero con un corazón como pocos y una alegría inigualable. Llegó de Italia en barco con sus papás después de la II Guerra Mundial, las historias de mi abuelo y lo que sufrió como prisionero en la Guerra eran increíbles, y cuando desembarcaron acá arrancaron de cero. Mi viejo se crio en un barrio humilde, fue un gran laburador y eso lo llevó a progresar mucho en la vida. Todos lo querían y eso me llena de orgullo. En estos días, en medio de tanto dolor por una gran perdida, me siento súper orgulloso de mi viejo. Todo lo que he leído en estos días en los diarios y en las redes sociales sobre él confirman que tuve al mejor papá del mundo, un tipo muy querido y respetado; eso hace que mi corazón esté contrariado, entre la perdida de no tenerlo más acá conmigo y la alegría de todo lo que dejó en mi corazón, en el de mis hermanos, mi mamá y toda mi familia y amigos.

Fui muy bendecido con la familia que me tocó, mis viejos, mis hermanos: ¡que regalo de Dios la familia! Creo que Dios no me podía haber mandado un papá mejor: ¡me tocó el mejor de todos!

Por otro lado, creo firmemente en la vida eterna y se qué nosotros estamos de peregrinación en este mundo. En estos días estoy rezando mucho para que la Virgen reciba a mi papá en sus brazos y se lo presente a Jesús, para que pueda disfrutar de la eternidad en el cielo. Te pido que me ayudes con tu oración.

No dejo dar gracias a Dios por la vida de mi papá, por todo lo bueno que hizo y lo mucho que me ha marcado en mi vida. También le agradezco al Señor por todo el cariño que me han dado estos días y, a su vez, creo que no soy digno de recibir tanto afecto, amor y cariño por parte de cada uno de ustedes. Me han llenado de mensajes, afecto y cariño, y me han acompañado con su oración. No paro de dar gracias a Dios por haberme metido en este hermoso lio de ser cura, es lo mejor que me pasó y no lo cambiaría por nada.

¡Ser cura está d+! ¡Gracias Señor por haber elegido a este indigno y gran pecador para esta hermosa vocación!

Me encomiendo a tus oraciones,

Padre Marcelo

1 comentario

  1. Querido Padre Marcelo, Si bien no tengo el placer de conocerte personalmente, sí son muchas las cosas que querría decirte, pero no se cómo priorizarlas. Te agradezco infinitamente todo el material que me has estado enviando, que me sirve y mucho para sobrellevar este aislamiento no querido. Vivo en la ciudad de La Paz y, habitualmente voy a Misa a la Catedral de Montevideo, los sábados. Me une a la Matriz, el hecho de haber trabajado 40 años en la Ciudad Vieja y, además, en ella se casaron mis abuelos paternos y recibí el Sacramento de la Confirmación. Los Domingos, en cambio, concurro al Santuario del Señor Resucitado, en Tres Cruces. Desde hace unos años, recibo todas las noticias, mensajes, reflexiones y entrevistas de Medjugorje, a través de la página Rosas para la Gospa. Yo también soy devoto de nuestra Madre. Peregriné muchas veces al Santuario de Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás y tuve ocasión de viajar dos veces a Salta, donde se aparece Nuestra Señora, bajo la advocación del Divino Corazón Eucarístico de Jesús. Realmente, un lugar donde se vive una Paz inmensa y el regocijo espirtual es innegable. No recuerdo si fue en el legado de la Beata Ana Catalina Emmerick, que leí que Pedro, luego de haber negado a Jesús, lloró amargamente y fue al encuentro de la Virgen María, a pedirle perdón. Estoy seguro, que en ese conmovedor encuentro no hubo reproches, pero sí una inmensa dulzura y amor, en la comprensión que tiene nuestra Madre, de nuestras debilidades. Estoy convencido que Pedro salió fortalecido en el encuentro y su corazón se renovó en la alegría de sentirse amado y protegido por la Corredentora. No quiero extenderme más. Sólo decirte que le pido a la Virgen te fortalezca en tu misión, te contagie su Amor y Fidelidad al Resucitado y, también, tengas la certeza que los corazones nobles, como el de tu papá, no pasan desapercibidos a la Misericordia Divina y, sin duda, su alma está en el lugar de los Bienaventurados, sin olvidar que se fue primero, para poder darte la bienvenida, cuando así el Señor lo disponga. En unión de oraciones, en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, te envío un fuerte abrazo,

    Julio Olivero Santamaría

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